LOS ÚLTIMOS DÍAS DE FERNANDO VÁZQUEZ OCAÑA. UNA RECREACIÓN DE FRANCISCO EXPÓSITO

Soy FERNANDO VÁZQUEZ OCAÑA, amigo de Negrín y biógrafo de García Lorca. Exiliado en México DF desde 1940, sé que estoy agotando la savia del árbol que me mantiene vivo. Mis pies ya no están para viajar, pero sueño con regresar a Barcelona, la ciudad que tuve que abandonar a comienzos de 1939 ante la presión de los bombardeos franquistas. Regreso en demasiadas ocasiones a aquellos años. Nadie me puede arrebatar la memoria.

En 1939 era el portavoz del Gobierno de Juan Negrín y director de La Vanguardia. Pocos meses antes tuve que enviar a mis ocho hijos con familias belgas, tras fallecer mi mujer con 37 años.

La huida de Barcelona fue precipitada. Tuvimos que dejar todo, no daba tiempo para recoger nada ni había medios para su traslado. El 26 de enero abandoné Barcelona. Nos dirigimos al castillo de Figueras. Mi amigo Juan Negrín proclamó tres condiciones: la independencia de España de cualquier injerencia extranjera, la celebración de un plebiscito para que el pueblo decidiera la forma de gobierno que deseaba y que no hubiera ningún tipo de represalias tras la guerra. Pero ya era demasiado tarde para poner condiciones.

Ahora lo recuerdo en mi exilio. Aquellos instantes los relaté en un libro (Pasión y muerte de la Segunda República española) que se publicó en París en 1940: “El último capítulo es triste. A medida que las fuerzas enemigas, superabundantemente recobradas (Hitler y Mussolini tenían prisa y Chamberlain ansiaba que cuanto antes y como fuera se apagase el volcán español) desencadenaban su ofensiva, la fatiga de los republicanos hacía sentir sus efectos. El Alto Mando trasladó su cuartel general cerca de la frontera (…). La noticia trascendió por Barcelona y se temió que la ‘quinta columna’ hiciese su aparición. Sin embargo, los ministerios y una parte de la población civil, acuciada por el terror, evacuaron con orden. El terrible éxodo hacia el norte, como el de la población malagueña hacia el este, fue una riada alucinante, bajo la metralla de la aviación franquista. Los caminos y carreteras quedaron sembrados de pobres cadáveres, de vehículos rotos, de bagajes indescriptibles”.

Todo había acabado ya. Comenzaba una lucha por la supervivencia, la de miles de exiliados que huyeron de España, con el temor de ser apresados por los nazis y ser enviados a campos de concentración o de exterminio o ser devueltos a la España franquista. Entre estos miles de exiliados estaba Antonio Machado, con el que mantuve cierta relación. Cuando dirigía La Vanguardia me enviaba sus colaboraciones. ¿Quién si no que Machado para representar el simbolismo de la España que moría con el franquismo? Su hermano José lo escribiría en su diario: “Venía herido de muerte del fatal éxodo”. El poeta, que lo había sido todo, llegó a Francia como el más humilde de los exiliados españoles y falleció en Colliure el 22 de febrero de 1939.

Mis dificultades en el exilio aparecieron cuando se extinguieron mis ahorros. En México comencé a escribir textos en los que analizaba la situación de España tras la guerra civil o la división que se produjo entre los socialistas. Sin embargo, pronto abandoné la primera línea política y traté de buscar otros caminos en los que pudiera alimentar a mi familia. Sólo tenía mi pluma y mi capacidad constante por aprender. Primero fue colaborando con la editorial Grijalbo y después con el apoyo de mi amigo Máximo Muñoz, con el que acompañé a Federico García Lorca en 1935 en su visita a Córdoba y a Fuente Obejuna. Ese viaje lo recogí en mi libro García Lorca. Vida, cántico y muerte, que publiqué en 1957.

En mis años de ardor revolucionario en Baena, nunca pensé que, siendo hijo de un carpintero de Baena, que no había podido estudiar en la Universidad, llegaría a relacionarme con algunos de los principales intelectuales de la primera mitad del siglo XX. Pero siempre pensé que tenía que leer, que debía escribir para transmitir todo lo que pasaba por mi cabeza. Quise ser poeta y en las largas sesiones de las Cortes en las que fui diputado por Córdoba aprovechaba para emborronar algunas cuartillas. Me acuerdo de aquel poema que publiqué en la Revista Popular en 1927 bajo la influencia de Federico:

A la luna lunera, vámonos mi jaca.
A la luna lunera, tras una mujer.
A la luna lunera, jaquilla bonita
a la luna lunera, que se fue con él.
Que se fue con él y me siento solo
y la galga lebrera, y el parral también,
y el trigal de la fuente, y el almendro lloran.
Que mi hermana no canta ya al amanecer
a la luna lunera, vuela mi jaquilla.
Que mi hermana no canta ya al amanecer.

Hoy recuerdo esos años, aunque ya me cuesta respirar. El mes de septiembre de 1966 agoniza y yo con él. No podré regresar a España.

PD: El próximo 29 de septiembre se cumplirán 50 años del fallecimiento de Fernando Vázquez Ocaña en su exilio de México DF. El Grupo Amador de los Ríos homenajeará al periodista baenense el próximo 24 de diciembre.

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