LA ALMEDINA

Por José Javier RODRÍGUEZ ALCAIDE

Cuando la visité, muy avanzado en edad, allá por los años noventa del siglo pasado la fisonomía de la Almedina me pareció totalmente cambiada. La noción de espacio dejó de desempeñar el papel más importante en mi niñez y la noción de tiempo me separó todavía más de aquella Almedina de mi infancia a finales de los años cuarenta, pues habían pasado cuatro décadas entre las dos visitas.

Durante mi adolescencia la Almedina era lugar fuera del mundo, como si estuvieran fuera de mi vida Santa María sin techumbre y de ábside carbonizado y Madre de Dios por cuyos aledaños deambulaban monjas de blanco tocado. Desde aquella prominencia la imagen del verde olivar y dorados pámpanos de vides era como algo no ajeno pero sí apartado de mi vida familiar.
Tenía especial encanto arribar a la Almedina por la empedradas calle Doctora por la que yo subía en pantalón corto y más cortos calcetines, jadeando para con dificultad alcanzar el promontorio. Siempre soñé con ser el Señor del Castillo, de torres y almenas derruidas. La Almedina era para mí privilegio de extraterritorialidad porque mi espacio era San Bartolomé y Plaza Vieja y aquella cima era imaginado misterio. En mi mente de explorador era esencia sin sucedáneo, de una belleza misteriosa,inamovible,cercana al cielo.

La primera vez que desde San Bartolomé ascendía a ella no estaba seguro de la ruta a seguir para poder alcanzar las cuatro esquinas del castillo casi derruido,en una colina junto a una iglesia quemada y desde aquel visor contemplar un mar de viñedos y olivos.

Subí,aquella primera vez,fascinado, a veces con deseos de retroceder, miedoso al explorar en mi soledad,y a veces con deseos de escapar de lo que para mi era un laberinto. Por fin descubrí y despejé el misterio de aquel lejano lugar.
Al regresar a esa Almedina, a mis cincuenta años entendí, por fin, la verdadera geometría del lugar y, desde allá arriba,la bella medida de los olivares de mi pueblo, el imbatido campanario de Santa María y las insinuadas fortalezas del castillo.

En mi ingenuidad quedé sorprendido al comprobar que allí en esa altura no vivía la aristocracia de Baena y que, en verdad, debiera ser cenobio para músicos, pintores, literatos,escultores y poetas. Nada tiene que ver con aquella infantil imaginación que poblaba de fantasmas el castillo de Baena.

La Almedina

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