MI VIDA DE NIÑO EN BAENA

Por José Javier Rodríguez Alcaide (*)

Espero disfrutar en breve plazo de la historia de Baena,mi pueblo, escrita por Francisco Expósito. Es un relato de hechos y personajes que singulariza la primera mitad del siglo pasado baenense. Me interesa porque justamente salí definitivamente de Baena en julio de 1950 tras ver su primera luz en marzo de 1938 y también porque mis padres, maestros nacionales,llegaron a Baena en 1932,allí se conocieron,se casaron en enero de 1937 y me concibieron en plena guerra civil.

Recuerdo mi casa en calle Puerta de Córdoba número 2, su cocina de hierro y de carbón, su alacena en la que rompían filas ventrudas damajuanas para aceite de oliva, botellones marrones de droguerías para lacradas, embotellar conservas de tomates de las huertas del arroyo Marbella, bombonas de cristal recubiertas de pajas protectoras y la desagradable botella de agua de Carabaña cuyo contenido me daba a beber mi madre para purgar mis atascos intestinales. Aquella alacena siempre estaba arreglada, limpia y ordenada; se notaba la mano de la sirvienta pulcra. Recordaré siempre sobre el fogón de carbón un puchero de barro hirviendo con su glu glu al salir de la escuela, que estaba en mi casa y yo pasaba al comedor al salir del aula.

En esa casa no había perros sino gatos para cazar los ratones que accedían desde el patio posterior donde mis padres criaban gallinas y cerdos. Yo esperaba con satisfacción el regreso de los cerdos desde el Concejo, el picoteo de las gallinas, incesante, sobre la tierra del corral, los cerdos que hozaban para comer el afrecho en las artesas y gruñían desesperados de un lado a otro en espera del alimento. No había burros en mi casa pero sí mulos en la de Santos que vivía frente a la mía y junto a la de Rosario Trillo. El patio de aquella casa sería hoy granja familiar ecológica de pollos y puercos. Desde allí se podían contemplar campos de vides y olivos pero jamás verdes praderas, bosques frondosos, macizos de flores porque las tierras de Baena son ocres, calizas y ásperas.
Ahora que finaliza noviembre recuerdo la matanza de los dos cerdos sobre el suelo emporlado del patio de mi casa, la romana para pesarlos, el degüello doloroso, la sangre roja a borbotones sobre el lebrillo, la mano batiente para que la sangre no fibrilara, el agua hirviendo en el caldero, la chamusquina de los pelos del pobre marrano y el húmedo vapor que surgía de las tripas tras abrirle en canal y como conjunto coral el gorgojeo de las gallinas en espera de algo nuevo y suculento que no iba a ser solo desperdicios de pan, resto de coles no arrojadas al pudridero.

Y el gato romano con su rabo levantado, que daba vueltas alrededor de la artesa en espera del pitraco, corría de un lado para otro perseguido por mi hermana que lo zapeaba con fingida furia.

Esa era parte de la vida de mi familia en las postrimerías de la década de los años cuarenta del siglo pasado, humilde. Rodeado vivía de libros en la biblioteca de mi padre y de gallinas y puercos en los toscos patios traseros de aquella casa larga y estrecha. Los cerdos y gallinas no sólo completaban el sueldo de los dos maestros de escuela y añadían proteínas a nuestro juvenil sustento sino que dignificaban y purificaban mi niñez al entrar en cercano contacto con sus vivas naturalezas.
Cuando dejé Baena me despedí tristemente de la viveza que aquellos animales daban a mi existencia. Allí fui niño feliz de pantalón corto, sabañones durante la matanza y cabrillas en mis piernas.
Yo espero leer qué me cuenta Paco Expósito en su libro. ¿Qué sucedió al final de los años cuarenta en Baena?

(*) Hijo predilecto de Baena.

Mi vida de niño

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