EL BELÉN DE JOSÉ ANTONIO ESQUINAS

La familia Esquinas lleva montando magníficos belenes desde hace años, convirtiendose algunos de sus miembros en grandes expertos. Hace unos años escribimos un relato navideño en el que hablábamos de esta tradición y de la Navidad en la calle la Estrella. Lo ilustramos ahora con el nuevo portal de José Antonio Esquinas para el colegio La Milagrosa.

NAVIDAD EN LA CALLE LA ESTRELLA
“Sin evaluar”. El segundo trimestre siempre aparecía sin calificaciones. Todos los años era igual. La recogida de la aceituna nos trasladaba al cortijo. El cerro Don Simón, Pingorotón, Donsellá o la Casa del Alguacil se convertían durante la segunda evaluación y parte de la tercera en destino jornalero durante varios meses. La gran mesa de madera de olivo del comedor era el pupitre para hacer las tareas que don José Malpica o don Alberto habían entregado a mi madre para que no perdiera el ritmo del curso. José, el capataz, ponía todo su empeño en aquellas primeras cuentas e incipientes redacciones. Había pasado la Navidad y todos los años tenía que abandonar el colegio hasta la finalización de la aceituna. Siempre iba por detrás de todos, pero la campaña del olivar proporcionaba unos ingresos importantes para el resto del año. Mi hermano, con trece años, tuvo que dejar los lápices y los libros por las primeras varas y el cuaderno de las peonadas.
Pasé mis dos primeros cursos en la calle La Estrella, en el viejo colegio de los Hermanos Bermúdez Cañete. Mi abuela, Teresa, había pasado las cosechas de aceituna entre el griterío de la escuela y los pocos sueños que la posguerra le dejaron tras abandonar Montefrío. En una pequeña vivienda de aquella calle que le daba nombre a uno de los últimos combatientes de Filipinas criaron a sus ocho hijos. Mi madre, al encontrarse cerca la casa de los abuelos, decidió inscribirme en aquel centro que, desde fuera, nadie podía imaginar que alojara tanta vida. Se accedía a través de una pequeña puerta verde que destacaba entre el blanco de la gran tapia y el yugo y las flechas que, en pintura negra, rompían el equilibrio inmaculado de la pared.
En el interior había un primer patio con una minúscula fuente y las tres clases estaban repartidas en una sola altura. En el segundo patio, empleado para la gimnasia, había enganchadas dos canastas de la pared. Debíamos tener mucho cuidado para no golpearnos cuando hacíamos una ‘dejada’ con el balón. Sólo recuerdo a tres maestros durante los dos años que estuve en las escuelas. Don José Malpica, que se encargaba del primer curso y de la música; don Alberto, que estaba en segundo e impartía la gimnasia; y don Manuel Valbuena, que enseñaba al tercer curso, aunque nunca me dio clase porque en tercero inauguramos las nuevas escuelas que construyeron en la antigua cárcel de la Plaza Vieja. Don Alberto seguiría siendo nuestro único maestro hasta sexto.
Hiciera frío o calor, había que formar en el patio antes de entrar en el aula. En fila de uno, con nuestro chaleco azul o verde y el águila pegado con corchetes en la manga, recordábamos algunas viejas letras y terminábamos con el rezo. Sólo había niños. Allí estaban Cruz Mesa, Cano, Veredas, Marfil, Alberto, Pablo y otros muchos que luego continuamos en la Plaza Vieja, Puerta de Córdoba y Los Grupos. Aquel primer curso don José Malpica, que también era el que coordinaba la rondalla musical, nos seleccionó para cantar en el certamen de villancicos. Los ensayos eran casi todos los días. Las canciones interpretadas por Manolo Escobar o por grupos de niños salían del casette antes surgir de nuestras gargantas. Los pastores llegaban al portal de Belén en medio de la noche y se colocaban entre el chiquirritín mientras San José bendito y la Virgen María escuchaban los platillos y las panderetas….
Con pocos adornos en el escenario, la estrella en cartulina negra y la silueta de los Reyes Magos, el coliseo se llenaba de escolares. Rafael Cubillo presentaba los grupos, que aparecían desde el pasillo que rodeaba el patio de butacas. Había que tener cuidado para no tropezar entre los oscuros y estrechos escalones o con algún trasto mal colocado. La cortina se descorría y se escuchaban los aplausos de varios centenares de personas que llenaban las butacas y el gallinero. Sólo en la Navidad se cubrían todos los asientos. El cine fue atrayendo cada vez a menos personas. Unos años más tarde cerró sus puertas y con él desapareció el griterío de las navidades y de las películas de indios.
La Nochebuena era noche de aguinaldo. Con el paso del tiempo formamos un pequeño grupo musical que recorría las calles del casco antiguo cada 24 de diciembre. Bandurria, guitarra y melódica marcaban los acordes mientras sonaban las letras que teníamos ensayadas del certamen de villancicos. Melendo, Marfil, Cruz Mesa, Veredas, Cano y Alberto nos juntábamos todos los años para conseguir algún dinero. El grupo iría mermando a medida que pasaban las navidades. En estas fechas también había tiempo para recaudar alimentos y llevarlos al asilo mientras entonábamos los villancicos a los mayores.
Tras la aceituna y la Semana Santa llegaba otro de los momentos que concentraban los esfuerzos de los maestros. Había que organizar la fiesta de fin de curso para los padres y el ejercicio de gimnasia era uno de los actos principales. Don Alberto se encargaba de preparar todos los ejercicios entre los alumnos que mostraban las mayores destrezas con el plinton, el potro, el trampolín o la cama elástica. El nivel de dificultad crecía con la edad de los niños.
En el segundo curso, con don Alberto de maestro, el gran protagonista del certamen de villancicos fue la melódica, un pequeño instrumento de viento con teclas que marcaban las notas a medida que se pulsaban y se soplaba por una pequeña boquilla. Alberto sería solista de melódica; el curso siguiente se incorporó también Marfil. Ese año o el siguiente, no recuerdo ya, pudimos incorporarnos al grupo con la guitarra, la bandurria o el laúd. Tras el certamen de villancicos, llevamos los regalos y alimentos al asilo. La Nochebuena de aquel invierno continuamos la tradición de pedir el aguinaldo. En la calle Horno siempre llegábamos a casa de Manoli Esquinas. Uno de los villancicos lo hacíamos ante el portal de Belén que instalaba todos los años y que vimos crecer con el tiempo. Las puertas se abrían siempre. Sólo una vez nos quedamos en el inicio del villancico. Una mujer, vestida de negro, abrió la puerta y, pidiéndonos disculpas, nos dijo que había muerto un familiar hacía unas horas. Todos los acordes se callaron. Ya era tarde y fuimos a casa de Veredas a contar el dinero. Había tiempo suficiente para cenar y después ir a la Misa del Gallo a San Bartolomé. Don Salvador y don Domingo estaban en el altar. En el templo se concentraba casi más gente de pie que los que podían sentarse en los bancos. Los acordes de la guitarra y las bandurrias de la rondalla de San Bartolomé, con Pupina, los carpinteros de la Puerta de Córdoba, Lastres…, rompían los silencios perturbados a veces por alguna voz disonante de los asistentes.
La antigua cárcel se convirtió en colegio al año siguiente. Con una extraña sensación abandonamos la calle La Estrella. Nuevos profesores, aunque don Alberto continuó al frente del curso que había dirigido en segundo. Ese año cambiaron muchos hábitos. No había formación antes de acceder al aula. En las clases ya había niñas. No era necesario llevar el chaleco azul con el águila o con los moros. La vieja regla de la calle La Estrella, azote del que no había estudiado, también cambió de escuela, como pronto pudo comprobar Antonio en sus manos. A pesar de que algunos repitieron curso, la mayor parte del grupo seguimos unidos. El recibo anaranjado de la asociación de padres se mantuvo algún curso más. Un día, no recuerdo ya cuándo, nos enteramos de que don José Malpica se iba de maestro a Málaga.
Los cursos pasaban. El certamen de villancicos dejó de celebrarse. Un invierno nevó abundantemente en Navidad. Hacía frío, aunque tuvimos que permanecer varias horas en la calle porque el candado de la puerta de la escuela lo había atrancado algún alumno que quería perderse varias horas de clase.
Don Fernando, el requeté que nos enseñó dónde estaba la estrella Antares, envejeció en el asilo. Su colección de libros era magnífica. Un domingo lo vi en la televisión leyendo en misa. La iglesia de San Francisco estaba llena y Jesús presidía el altar. El tiempo pasaba. Un año dijimos que habíamos crecido y ya no salimos pidiendo el aguinaldo. Fernando, con su carro, seguía recogiendo cartones por las calles. El yugo y las flechas hacía tiempo que habían desaparecido de la pared de la calle La Estrella.

Fotos: José Antonio Esquinas.

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