Relato

Rodríguez Alcaide nos acerca en este relato a los años en los que los jóvenes debían examinarse en Jaén del Bachillerato, por lo que los baenenses debían coger el tren en Luque para hacer la decisiva prueba. En aquellos tiempos los niños se forman en centros como el colegio que tenían los jesuitas en la calle Mesones, antecedente de la escuelas profesionales de la Sagrada Familia. El texto lleva por título «En los jesuitas» y la fotografía es una imagen de la Fuente de Baena del año 2007:Fuente Baena«Infunde respeto y desasosiego sentarse ante un Tribunal a los diez años. Eso me sucedió a mí recién cumplida esa edad en mi examen de ingreso en el Instituto de Enseñanza Media de Jaén. El día anterior había tomado el tren en la estación de Luque para arribar a la de Jaén y dormitar en la pensión para superar aquella terrible prueba. La máquina se cargó de agua desde el surtidor en Luque y comenzó su lento traqueteo hacia su destino; la peña de Martos emergía en el horizonte mucho antes de pasar por Alcaudete y seguía vigilándome hasta pasar Torredonjimeno. En esa montaña se despeñaron los hermanos Carvajal según cuenta la historia y la leyenda y aquella noche en el hotel yo no pensé en el examen del día siguiente sino en cómo rodaron pendiente abajo aquellos hermanos Carvajal.
Me senté ante un tribunal en el que me pareció muy simpática doña Águeda, quien tenía fama de ser un ogro de las matemáticas. No me recuerdo confuso, ni resignado, ni angustiado por la seriedad de aquellos tres profesores; más bien tranquilo porque no esperaba que las preguntas fueran difíciles ni las pruebas de dictado y redacción. Mi estancia en Jaén duró tres días porque, admitido en el bachillerato, tuve que examinarme de las asignaturas de primer curso. Eso sucedía en Junio de 1948. Terminado el examen regresamos a Baena y yo sentí que empezaba en aquel viaje mi primer enfrentamiento con la vida y que adquiría oficialmente una seria responsabilidad ante mis padres y mis profesores en los jesuitas: don Mauro, de latín, don Antonio Candel, de Matemáticas, don Daniel Rejón de Ciencias Naturales. Nunca tuve a mi padre de profesor; ni en el Juan Alfonso de Baena ni en los jesuitas de calle Mesones. Aquella responsabilidad fue valorada con nota media de sobresaliente y matrícula de honor.
Recuerdo a algunos compañeros; por ejemplo, el gran jugador de fútbol que era José Antonio Sánchez, hijo del médico que tenía su consulta en el parque, casas ambas de molino de don Francisco Núñez; a Pepe Fernández, también hijo de médico que vivía al empezar la muralla en una casa muy grande, junto a la de don Ángel el párroco de Guadalupe; a Ángel López Torné, hijo de médico que tenía su consulta cerca de la “plancha”, a Manolo Horcas, hijo del fotógrafo, que alcanzó su puesto de catedrático de historia en el Instituto de Baena; a Cubillo y al sobrino del canónigo don Rafael Gálvez que prologó el libro de mi padre y a Rojano con su brazo con parálisis. Con esos camaradas estuve hasta que cumplí los doce años y me examiné de tercero de bachiller en el Instituto Aguilar y Eslava de Cabra. Si a Jaén íbamos en tren desde Luque a Cabra íbamos en el “Corpas”, un microbús que renqueaba subiendo las curvas de Baena una vez pasado el puentecillo del Marbella y la Fuente Pública de Baena.
Cuando terminé el primer año de bachillerato con tan alta calificación mi padre me obsequió, quizás para hacerme más religioso, un misal completo con cantos dorados y encuadernado en piel con los evangelios y las epístolas de Pedro, Pablo y Santiago.
No es mala cosa enfrentarse a un tribunal de examen a los diez años ni a profesores desconocidos en Jaén o en Cabra; esa responsabilidad me hizo ir madurando a zancadas pues sabía que no tenía protección de ninguno de mis padres que eran, a su vez, maestros. Tengo grabado en mi memoria el Claustro del Aguilar y Eslava y los artesonados de sus grandes aulas, frente a las exiguas habitaciones en las que estudiábamos en calle Mesones. En Mesones no cabían los novillos ni la libertad de correr por calles; solo cabía estudiar para pasar el examen en Jaén o en Cabra. Allí imponía orden don Juan Maldonado y desde lejos el padre Villoslada».

José Javier Rodríguez Alcaide
Catedrático Emérito de la Universidad de Córdoba

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