«Las monjas del Asilo»

«Tienen que haber existido en mi infancia complicidades conmigo mismo, quizás inconscientes, que afloran ahora a la edad de jubilado. Vuelven a mi memoria las monjas del asilo de San Francisco allá por los finales de los años cuarenta del siglo pasado y las mujeres de aquella época en mi pueblo de Baena. Oigo todavía la puerta que se abre y se cierra y que chirría cuando las monjas o los viejecitos vienen a la iglesia desde el asilo; era una puerta arruinada, que hoy día da a un patio reformado. ¿Un olor? Claro que huelo a cirio encendido y a confesionario, a mujeres mayores que en grupo se acercan a la pila a tomar agua bendita; las veo recoger con la punta de sus dedos una pequeña dosis de aquella bendita agua y de puntillas avanzar hacia el camerino de nuestro padre Jesús Nazareno. Se arrodillan para rezar e implorar; luego se levantan silenciosas e intercambian movimientos de cabeza con las monjas del asilo y saludan con mudos parpadeos. Durante mi niñez estos modales eran protocolos inmutables. Llevaban velos en la cabeza que se inclinaban como un pálpito al agachar sus cabezas ante el Nazareno o su Madre. Se sientan frente al altar mayor en reclinatorios de su propiedad y ladean la cabeza para saludar en silencio a la otra orante. Cuando se levantan del reclinatorio murmuran entre ellas.

Algunas ricas señoras tenían un lujoso reclinatorio a ellas reservado y de su propiedad; en misa de domingo me deslumbraban y me intrigaban, porque la ignorancia alimenta la inaccesible curiosidad. Yo me imaginaba sus vidas señoriales y unas vidas secretas de lujo y comodidad. Las que no tenían reclinatorio ni asiento en los bancos arrastraban sillas; se arrodillan todas, hacían amplias señales de la Cruz y con sordos golpes de pecho expiaban sus culpas.
¿Qué pensaba yo a mis recién cumplidos diez años? Pues que escondían pesetas de papel en lugar de estampitas de santos en sus devocionarios, que luego apresaban rodeándolos con sus rosarios de plata y que entraban en el asilo a dejar su ayuda y su limosna. Eran luminoso ejemplo de virtudes cristianas femeninas. Pero, sobre todo, que yo luego, en domingo, podía bajar a las huertas, llenas de perfumes de libertad, pues era uno de los pocos placeres, junto al de jugar a la pelota en la calle cementada de Amador de los Ríos, que podía gozar sin restricción; podía vivir en las huertas mi paraíso verde libremente en coexistencia con la naturaleza y con Dios; los domingos, tras la misa de San Francisco, vivía libremente sin otra segunda intención. La verdad estaba en el asilo de San Francisco y también en la huerta de Domingo Ortiz y en la de Calabazar. ¿No es esto un ligero principio de sabiduría?».
José Javier Rodríguez Alcaide,
Catedrático Emérito de la Universidad de Córdoba

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

* Copy This Password *

* Type Or Paste Password Here *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.